Un relato breve acerca de la tarea:

Las sillas que se ven en la foto son las de la casa de mi abuela.

De sólo mirarlas conozco el peso de cada una, porque desde muy chica colaboré con entusiasmo en sacarlas desde el comedor a la galería cuando llegaban visitas en verano o en arrimarlas al calor de la cocina económica cuando las visitas venían en invierno. Algunas eran tan livianas que no me dejaban en el brazo ninguna huella, ninguna marca.

Con las historias era al revés.

Veo esa fotografía y la luz del sol que rebota en las sillas, que se cuela por unos orificios de la parra, y siento otra vez el regocijo que me daba escuchar las voces de la gente. Gente contando historias.

Esas historias no me estaban especialmente destinadas.

Eran parte de las conversaciones con que los adultos trenzaban sus recuerdos, incertidumbres, esperanzas. Contaban, por ejemplo, sobre la gitana que había echado una maldición ante una puerta cerrada, sobre la injusta agonía de un hombre bueno, sobre un perro que habían llevado a perder, sobre la procesión para pedir una lluvia generosa, el auto nuevo que comprarían si la cosecha era buena, una maestra soltera que había venido de otro pueblo, la orquesta del último baile, el pecado que cometía el cura haciendo su sermón tan largo.

Mi interés por esas voces se encendía con cada historia y se apagaba cuando, dentro de la charla, caían las migajas de lo cotidiano: el precio del pan, el vencimiento de los impuestos, los trámites jubilatorios.

Después de la intensidad de aquella primera experiencia, desde mi profesión de narradora sigo cultivando el gusto por los relatos, y mi tarea pedagógica consiste en eso: enseñar a construir historias.

No lo hago por nostalgia.

Es porque, como dice Roland Barthes, en el fondo de cada relato hay un deseo, y un deseo vale tanto como una moneda de oro.
Valen mucho las historias porque entrañan un deseo y los deseos -ya se sabe- ayudan a vivir.



Ana María Bovo